La hemeroteca nos ofrece
interesantes artículos como el titulado “Las monarquías europeas” de Laín Entralgo
(EL PAIS, 27.12.1978) cuya lectura, siempre interesante, lo es más este año que
termina bajo la amenaza de los falsos fastos del próximo engaño al pueblo
español en el 40 aniversario de la transición de la dictadura militar que quedó
“atada y bien atada” a la dictadura monárquica que la CE78 a la espera
de un nuevo Alejandro que corte este “nudo franquista-borbónico” con un limpio, pacífico e incruento tajo de una
espada democrática
Dice el autor que en Francia el “doctrinarismo
republicano llegó a consolidarse durante la segunda mitad del siglo pasado”
(se refiere al S. XIX) mientras que “toda
Europa entra en el nuestro bajo monarquías cuyo arraigo popular es indudable”.
Se contradice cuando tras afirmarlo con referencia a la monarquía “inglesa, la alemana y la italiana, o cuya
pervivencia, pese a la existencia de movimientos hostiles a ellas, los
nacionalismos balcánicos y el checo en el caso de la austro-húngara, el
marxismo y el nihilismo en el de la rusa, todavía parece empresa hacedera”
reconoce que “pronto cambiarán las cosas”
que es lo que pasa cuando lo que existe no cuenta con el apoyo popular.
Eso pasó incluso antes de la IGMundial con Portugal (1910): Tras ella se
derriban “sin duda, para siempre, las
monarquías alemana, austrohúngara y rusa [no cita Estonia, Lituania y
Letonia (1914), Finlandia y Ucrania
(1917 , Checoeslovaquia, Hungría y Bielorusia (1918), Irlanda (1921) y España (1931-1939)];
proceso que radicalizará la segunda
guerra mundial, cuyo término hace caer el trono en Italia, en Yugoslavia, en
Rumania, en Bulgaria y -tras diversas vicisitudes- en Grecia. Después de 1945,
sólo en Inglaterra, en Bélgica y Holanda y en los países escandinavos perdura
indemne el régimen monárquico” [no cita Albania (1941), Islandia (1944)
Chipre (1960), Malta (1964)].
Tras considerar que las seis monarquías (RU, Bélgican Holanda y las tres nórdicas)
son “sociedades pertenecientes a la vanguardia del desarrollo intelectual,
social y técnico, no de pueblos sumidos en el arcaísmo” se pregunta: ¿Por qué la monarquía, que durante varias
centurias fue vista como institución de derecho divino, ha conservado en esos
países su vigencia? Con otras palabras: ¿Por qué en ellos no ha caído y sí en
los que anteriormente mencioné?”
Su respuesta errónea: “se han
hundido los tronos cuyos titulares promovieron o aceptaron guerras nacionales
que terminaron con la derrota total del país en cuestión; han perdurado los
que, además de haberse visto libres de dicho evento, supieron incorporar a su
Estado, y por tanto a su Gobierno, todas las grandes mutaciones históricas
ulteriores a la Edad Media” porque la revolución de 1789 derribó a Luis XVI
no acabó con el sentimiento monárquico hasta la derrota de Napoleón III en
Sedán lo que se contradice con que luego diga que el republicanismo que no
había dejado de crecer desde 1789 al igual que en los imperios alemán, austro
húngaro y ruso tras la revolución de 1917 y su derrota en la IGMundial.
Olvida el autor señalar que en España la República desapareció por la
traición de los dos clásicos enemigos Francia y el Reino Unido, que si era de
esperar de la dictadura monárquica británica fue más indecente que viniera de
la república francesa con un presidente del gobierno socialista, León Blum,
promotor del fraudulento Comité de no Intervención.
Se pregunta el autor. “¿Qué hubiera
sido de la monarquía inglesa, en el caso de una victoria total de Hitler? No lo
sabemos”, añade. Lo que sí sabemos es lo que ha pasado en España tras haber
perdido Hitler y el Golpe de Estado que él apoyó siempre hasta su vejez.
Analiza las cuatro revoluciones modernas: la racional o científica, la
política, la industrial y la social y dice que “aceptar la institucionalización de ellas en un régimen que por
oposición al republicano, ahora histórica y socialmente posible, empezó a
llamarse «constitucional» y «monárquico»” ha sido la causa de la
pervivencia de las dictaduras monárquicas frente a la situación española porque
en España se rechazaron las cuatro.
Acto seguido disculpa a los dictadores monárquicos: “desde el siglo XVIII buena parte de nuestra sociedad se ha opuesto
abierta o taimadamente a la modernización intelectual, política y social de
España y que en consecuencia sería injusto cargar sobre la monarquía toda la
culpa del retraso y la distorsión de tal empresa”. No es injusto; es el
eterno acuerdo entre el “dictador
monárquico parásito dueño de la
finca” y “sus administradores corruptos,
verdaderos dueños del país” que roban su salario a los trabajadores que la
cultivan. Un acuerdo tácito que seguirá en vigor mientras favorezca a los
administradores corruptos.
Ningún dictador monárquico tiene disculpa. Por quinta vez (General Elio, 1814;
100.000 hijos de S. Luis, 1823; Martínez Campos, 1874, Primo de Rivera, 1923,
Franco, 1926) por vía militar un dictador monárquico borbónico se impone a la
voluntad ciudadana y lo deja todo “atado
y bien atado”. Pero es un nudo que acabará cortándose ¿por última vez?
Tras ignorar esta realidad y se pregunta: “¿Han empezado a cambiar las
cosas?”; pro-golpista una vez pro-golpista siempre, añade “creo que sí”. ¿Por qué? Veamos las mentiras:
1ª: “Desde
Carlos III, ningún monarca ha valorado tan expresivamente como el actual
-recuérdese su discurso en Las Palmas- el papel histórico de la inteligencia y
las letras”. Sin embargo la realidad es que España ha retrocedido en la
lista de países que invierten en I+D.
2ª: “Ninguno ha apoyado más resueltamente el
proceso hacía una definitiva democratización política de España”. Sin
embargo no tolera que el pueblo español donde reside la soberanía de la que
emanan todos los poderes del Estado (art. 1.2CE78) sea realidad y
periódicamente podamos elegir al Jefe del Estado. Él sigue con el nombramiento
de Franco.
3ª: “Cuando Europa tiene ante sí la grave
partida histórica de conciliar de veras
-cuidado: he dicho «de veras»- el socialismo y la libertad, una amplia
posibilidad de consolidarse hacia el siglo XXI se abre ante la monarquía
española”. Basta ver su reacción tras los sucesos del 01.10.2017 sin dirigir
ni una sola palabra de compasión a los que sufrieron la violencia proporcional
de los agentes de las FCSE”.
4ª: “Cierto: no poco han cambiado las cosas”,
concluye el autor y en eso tiene razón: los grises ahora viste de azul oscuro; el
Tribunal de Orden Público continuador del Tribunal
Especial de Represión de la Masonería y el Comunismo, ahora se llama
Audiencia Nacional; el Decreto-Ley de bandidaje y terrorismo se llama hoy Ley Orgánica de protección de la seguridad ciudadana (2015) Ley Mordaza. Pero si hasta ahora los españoles reprochábamos a los borbones
su perjurio, ahora se les reprocha a los dos últimos que no lo fueran con el
prestado al dictador militar y fascista que los nombró reyes ¡para toda la
eternidad!, si no lo remediamos antes.
Juan Carlos I no fue un perjuró. Cumplió su juramente de respetar y hacer respetar
las leyes fascistas con las que Franco nos privara de libertad de las que nació
la CE78 sin solución de continuidad con las que lo dejó “todo quedó atado y bien atado”. Los militares golpistas de 1936, ahora
Generales, la aceptaron por eso. En 1981 algunos lo quisieron atar más pero tras
el “juicio militar a sólo unos pocos” vieron que sí que estaba todo atado y bien atado”.
Felipe VI también juro respetar y hacer respetar las mismas leyes fascistas
cuando la CE78 que nació de ellas y que juró para poder heredar la Jefatura del
Estado de esta dictadura monárquico fascista; la misma que jurara su padre en
1975, incumpliendo el art. 1.2CE78.
A un dictador monárquico-fascista no se le pude exigir más democracia. No
dan más de sí.
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